sábado, 9 de marzo de 2019

ESTO NO ES APOLOGIA


Vivimos en un mundo muy competitivo. Quizá demasiado. Tal vez por eso creemos que era lo mejor tener Contralor 100 puntos …y ya ven (guiño). Si hay exámenes rigurosos para los postulantes a determinadas dignidades, parece que nos decepciona que sus calificaciones no sean perfectas, y creemos que a lo mejor hay otros que podrían ser superiores (pero no sabemos dónde están, o de pronto buscaríamos la raza superior), o que alguien se “quedaría de año” –como veía en Twitter–, o conflictúa que alguien se beneficie de un punto extra por acción afirmativa. Pero no es de eso de lo que voy a hablar, solo que la coyuntura nos da pautas.


Relaciono apología con el concepto jurídico. En mis palabras lo describo como predicar en positivo de algo que está proscrito, o que parece estarlo (por hoy, disculpen los más académicos). No se puede festejar un delito, ni promoverlo. Estoy de acuerdo, y por eso advierto: esto no es apología. 


Vengo con este tema en mente desde hace meses. Me impresionó lo que compartió en una red social un buen amigo. Se trataba de varias imágenes con comentarios orientados a derribar determinados paradigmas o desmentir dichos, como “lo que fácil llega, fácil se va”; y así, hablaba de los recientes millonarios del mundo, que habían obtenido su fortuna en diez años o menos (cuando antes podía tomar 20 o 30 años). No me pareció una lección óptima para los niños. La que más me afectó fue respecto de la conocida frase: “lo importante no es ganar, sino competir”; el comentario textualmente decía (solo omito alguna oración para no extenderlo demasiado):


“Esta frase sólo posiciona en la mente de los niños que no es importante ganar, siendo que lo es todo. Hacemos esto para bajarles la frustración, pero les activamos la mediocridad. (…) La vida no es para los participantes, sino para los ganadores.”


No me imagino enseñando a mis hijos que ganar lo es todo. Después degeneraría en: “hay que ganar a como de lugar”, y quién sabe en qué más. O, los que pierden no merecen vivir (como los gladiadores). ¡Tremendo!


Las estructuras mentales están orientadas, cada vez con mayor ímpetu, a generar sujetos excesivamente competitivos; luego, irrespetuosos, arrogantes, poco humildes, nada solidarios. El éxito es prevalecer por sobre el otro; lastimosamente a veces pisoteando a los demás, o denigrando. Y lo peor, cuando la política nos presenta escenas condenables como: quítate tú para ponerme yo.


Piensen en el siguiente ejemplo: en las carreteras o hasta en las calles de nuestras ciudades, hay individuos que no pueden estar atrás (no importa si hay autos en fila, si se aproximan a una curva, etc.). Personas que se creen con derecho a que el de adelante les abra paso (solo porque ellos están ahí y “hacen luces”), o que tienen la prerrogativa de exigir que el otro contravenga el límite de velocidad que ellos sí están dispuestos a hacerlo, y parece que lo otro es de pendejos (alguien puede decidir –a su riesgo–  infringir una norma, pero no puede obligar a que otro lo haga); o muestran su irrespeto para los demás que sí hacen fila junto al parterre para girar, cuando pasan por el costado y se creen con derecho de pasar por delante de los demás en doble fila. A veces, ir detrás también es una muestra de respeto. Ganar, no lo es todo.


Paradójicamente, los entrenadores, instructores y guías (coach en el lenguaje del milenio), insisten en el trabajo en equipo. Mas, puede ocurrir que el equipo empieza a deslucir cuando alguien quiere sobresalir o prevalecer, o cuando sólo se fincan esperanzas en la figura; o porque todo el mundo quiere ser el número uno. Hasta el último mundial de fútbol nos dejaba una lección entre líneas: quizá ya no es tiempo de las estrellas o individualismos (por allí se quedaron los equipos de Leo Messi, Cristiano Ronaldo, Neymar).


No obstante, hay que rescatar un concepto que parece inmutable, se requiere liderzago. Hay diferentes tipos de liderazgo, se habla de uno colectivo y también se habla del liderazgo negativo. Es muy interesante. Pero, ¿liderazgo sólo se encuentra en el primero, en el más exitoso, en el que está delante, en “el más vivo”? En ese punto vienen a mi mente las imágenes de una competencia atlética, en la que un individuo (no recuerdo si era chica) se detiene para apoyar al competidor caído o que no podía más, y llegaron juntos(as). ¡Carajo, esa debería ser la verdadera lección que enseñen en toda escuela!


Hoy les invito a pensar que en cada competencia deportiva solo hay un campeón (por excepción hay empate, pero la medalla olímpica, por ejemplo, la obtiene uno(a) y son muchos los que compiten; hay cientos de grandes atletas de supremo mérito que han dado lo mejor de sí, y sin duda lo han demostrado para llegar a un evento de ese tipo. Pocos cientos tienen ese privilegio. Y decir “cientos”, en un mundo de miles de millones de individuos, es decir muy pocos.


La Biblia en algunos pasajes se refiere a los primogénitos (solo es un dato, tampoco lo vamos a convertir en un tema religioso). Sin embargo, reflexionemos que en cada familia solo hay un primogénito. En las charlas de motivación, por su parte, se citan casi por cliché más o menos los mismos ejemplos: que Stephen Hawking, Steve Jobs, Alberto Einstein, Teresa de Calcuta, Gandhi. Pensemos en Ecuador, ¿cuántos Luis Noboa Naranjo han existido? ¿Cuántos Jefferson Pérez? Evidentemente que uno solo. Varios de ellos son ejemplos de personas que padecieron dificultades y se superaron, llegaron a ser los mejores en su campo; pero pocas veces nos dicen: fueron únicos. Recuerden: en cada innovación, existe un solo pionero. ¿Eso significa que los demás son perdedores? No, definitivamente NO.


El tema, entonces, es que no todo sujeto puede ser Steve Jobs o Jefferson Pérez. Diferente es que haya un potencial o virtualidad hipotética, que llegará a verificarse en uno por cada X millones. El discurso, por tanto, debería enfocarse en el esfuerzo, en la superación y no en la obsesión del ejemplo único, que de hecho es excepcional.


Luego, el afán pernicioso de querer ser el mejor, el primero, puede ser lo que provoque frustración, sobre todo a los niños o jóvenes en formación. Un gran atleta puede vivir toda su vida obteniendo el segundo lugar en competencias de élite. ¿Es que aquello es malo? ¡De ninguna manera! Son tan buenos y exitosos como los primeros.

Tampoco vamos a festejar como campeón al que llegó tercero entre tres. Después todos quieren ser candidato a Alcalde (guiño).


Parece, entonces, que el mundo califica de perdedores a todos los que no sean la excepción. Eso resulta absurdo. Todos quieren ser jefes y nadie quiere ser subalterno. Pero ¿el mundo puede vivir sin subalternos? Desde luego que no. Deben educarnos para aceptar las alternativas, para que se formen con excelencia también los subalternos. Muchas grandes figuras de la historia se formaron como segundos, y solo eso les permitió, en determinadas circunstancias, llegar a ser primeros.


Para que haya un primero, debe haber un segundo. ¿Se imaginarían la música si solo se reconociera a los Beatles y no a los Rolling Stones? (guiño, no se enojarán).


Me parece de lo más injusto que se diga que el segundo es el primer perdedor. A ese nivel llega el discurso competitivo y puede generar más frustración que mérito.


Como somos duales, tampoco vamos a justificar los desvíos, pues en el discurso decimos a los niños que lo importante es participar, pero luego están los papás peleando en la escuela por la décima de punto que su hijo(a) “merecía” y lo colocaría encima del otro, y en ese contexto, a veces resulta perdedor el niño cuyos padres no hicieron lobby. ¿Así enseñamos justicia, equidad?


En un ambiente de aberración, ya no nos sorprende saber de funcionarios públicos, de elección popular o no, que apuran sus articulaciones para obtener desmesurados beneficios, haya o no mérito de por medio en la gestión, y quizá con el errado concepto de que la primera señal de éxito es ser millonario, y en la práctica con ese criterio de que ganar lo es todo.


Reivindico a los segundos, al pelotón, al equipo, a los honestos, a los que trabajan toda su vida y no tienen como único objetivo ponerse por encima de los demás, o ser millonarios y mientras más pronto, mejor. 

Omar Albán Cornejo

viernes, 8 de diciembre de 2017

1967, EL AÑO DE LAS LUCES EN LA MUSICA

Hace 50 años transcurría 1967, un año relevante para la historia de la música …¡y de la humanidad! Que se abrió paso entre el “verano del amor”, los hippies, la psicodelia, antecedió a los movimientos de Mayo del 68 (no solo en Francia, sino varios otros países), apuntaló la revolución sexual, y vio la temible irrupción de las drogas. Muchos aspectos interconectados. Incluso es difícil imaginar el icónico Woodstock (1969), sin entender lo que pasó en los años precedentes, y quienes izaron la bandera.

A decir de un documental que transmitió la televisión local hace años –que para entonces lo pude grabar casi completo en el VHS de la casa de mis padres–, habían transcurrido algunos meses sin que los Beatles publicaran un nuevo disco y al menos en Inglaterra el comentario había sido que estaban acabados, que su creatividad se había “secado”. Pero cuando se lanzó Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el mundo contempló absorto lo que para muchos ha sido uno de los mejores álbumes musicales de la historia (la revista especializada Rolling Stone, por ejemplo); para cuando yo vi ese documental, se hablaba de los 25 años del disco y se lo había calificado como el mejor de los últimos 25 años (en aquella época, insisto). Demás está decir, por ejemplo, que su portada es un ícono gráfico identificado por individuos de todo el planeta (tal vez al mismo nivel de la otra famosa portada, la de Abbey Road, que vendría unos años después); y, entre otras cosas, despertaba la leyenda del Paul muerto y reemplazado.

A riesgo de ser criticado por mis correligionarios, y sin quitar mérito al concepto absolutamente innovador de Sgt. Pepper’s –en el que encontramos temas fabulosos: además de la propia canción del título (Sgt. Pepper's), When I'm 64She’s leaving home, Getting better, Whitin you without you, Lucy in the Sky with Diamonds, y la extraordinaria A day in the life–, para mí las mejores son las que dejaron fuera del álbum: Strawberry fields forever y Penny Lane (que posteriormente serían incorporadas al álbum Magical Mystery Tour, en el propio 1967).

Pero ¿cómo es que se encendieron las luces de ese año brillante? De nuevo posiblemente no coincido con la tendencia generalizada al sostener lo que sigue:

Yo considero que el esplendor de los Beatles no se produjo en 1967, sino el año anterior, esto es, entre 1965 y 1966, pues preparó con abundante abono ese campo fértil que durante varios meses mostraría aún grandes frutos. Luego de un destacado álbum como Help! (de la mano con la película del mismo nombre), en el propio año 1965 se produjo el lanzamiento del extraordinario Rubber Soul, que marca un quiebre evidente en la trayectoria del grupo, a pesar de mantener su versatilidad característica de componer y producir un set completo de canciones, de alta calidad y en poco tiempo, para atender la demanda del público según Wikipedia, se grabó en solo cuatro semanas–. Ese disco fue seguido por otra joya, a veces incomprendida, como es Revolver (1966).

Comparto el testimonio de George Harrison recogido en el documental Antología, en el sentido de que aquellos álbumes podrían considerarse una primera y segunda parte de un mismo concepto musical, es decir, que pudo haber sido un álbum doble antes del mítico Álbum Blanco[edición reciente, revisado el documental, noté que no fue Ringo -como puse inicialmente-, sino George].

El entorno en el que se realizaron estos álbumes nos ubica en una realidad global, es decir, ya no es el grupo de éxito local en el Reino Unido o solo en Europa, y además incorpora composiciones del agrado de públicos muy diversos (entre otras cosas, dejó de ser el grupo predilecto solo de las adolescentes), trasluce el acercamiento del grupo hacia filosofías orientales, de por medio estuvo el fallecimiento de su Manager, Brian Epstein, la mayor participación de George Harrison en la autoría de valiosos aportes, así como en la introducción de instrumentos adicionales, y sobre todo una mayor madurez artística en todos los integrantes.

En cuanto a la composición, en mi concepto se nota un cambio en la forma de colaboración de los dos principales autores, Lennon y McCartney. Paulatinamente entrarían en una competencia que, según el propio Paul, fue el mejor estímulo para que lleguen a creaciones fabulosas; aunque, en sentido contrario, se empieza a notar cuando un tema es creación mayoritaria de uno de ellos (sin embargo, los términos de su sociedad obligaban a que las creaciones llevaran la firma Lennon & McCartney –obviamente dejando de lado las creaciones propias de George y de Ringo-). A decir de los entendidos, una de las características de aquellos dos discos, Rubber Soul y Revolver, además de la evidente incidencia de la psicodelia, es un giro de fondo, pues si bien no pierden jamás el romanticismo, y el amor como eje de su lírica, se evidencia una profundidad mayor en los contenidos, temas introspectivos y de reflexión colectiva, añadido a un espíritu experimental que caracteriza la segunda etapa de su discografía.

En ese contexto, los discos en referencia profundizan grandes contrastes, pues incluyen baladas de exquisita melodía, en el primero: Norwegian Wood, Michelle, Girl, In my life, If I needed someone; mientras que en el segundo tenemos: Here, There and Everywhere, For No One, y una pieza con prevalencia evidente de músicos de cámara como Eleanor Rigby (que marca otra diferencia con la instrumentación típica del grupo, con la excepción anterior de Yesterday, que si bien incluía complementos de violín, mostraba prácticamente solo a Paul y su guitarra). De otro lado, tenemos piezas de fuerte impacto y sonido experimental, como She said she said, Taxman, Love you to (gran pieza indú de George), Got to get you into my life, And your bird can sing (de Revolver), Drive my car, Nowhere man, You won't see me, I’m looking through you y la enigmática The Word (de Rubber Soul).

Como queda en evidencia, aquellos dos álbumes reúnen un peso musical incomparable (incluso por sobre los cortes de Sgt. Pepper’s), con una colección de grades piezas musicales, melódicas, románticas, pero también experimentales y de un nuevo rock que abriría paso a uno más heavy, que el propio grupo inauguraría durante 1967, cuando se incubaron piezas de mayor fuerza que luego formarían parte del Album Blanco (1968), así como otras quedarían para Abbey Road y Let it be (se sabe que varios temas de esos tres álbumes fueron creados desde 1966 en adelante, pero no se grabaron de inmediato).

De manera que, si bien el público venía acostumbrado a un ritmo vertiginoso del lanzamiento de un álbum tras otro (siempre en la cima), además de películas y los primeros videos musicales de la historia, así como grandes conciertos (véase en particular el del Shea Stadium), de pronto experimentó la decisión de cesar las giras musicales y conciertos, la concentración del grupo en el trabajo de estudio y para el público un compás de espera de varios meses hasta que salió a luz ese majestuoso disco Sgt. Pepper’s.

Se encendió, pues, la luz que marcaría el camino para otros grupos que luego se animarían a proponer diversos conceptos, a un público que había probado un primer bocado (no cualquier bocado, claro), y estaba hambriento por tener nuevos sabores y texturas, pero ya con una mentalidad más abierta, que solamente aquella época de amor, psicodelia, hippies y luces, vio surgir.

Omar Albán Cornejo