martes, 1 de agosto de 2023

Y LA FLOR SE ABRIÓ HERMOSAMENTE

 

“Y la flor se abrió hermosamente” –Así podría empezar una novela, que relate en retrospectiva las vivencias, aventuras y desventuras de dos personas que se amaron inmensamente, y se remonte a sus ancestros en un pasado que se dibuja en blanco y negro, que poco a poco va quedando difuso en la frágil memoria que no dejó testimonios precisos en letras legibles por estos ojos mortales.

Estas semanas han sido difíciles, me han llenado de contrastes y muchas cosas. Como le comenté a un tío –que me dijo que pensaba que yo estaba en la playa–, mi mami tuvo la gentileza de esperar que yo volviera (cuando al irme tenía esa incertidumbre acerca de si algo sucedería en esos días). Las últimas semanas, digo, me han permitido reflexionar, por ejemplo, sobre las personas que realmente están a tu lado, quienes te dan un mensaje al pasar, quienes siguen de largo y quienes regresan a brindarte un trozo de su corazón. Quienes están siempre y quienes regresan al menos un momento, frente a la circunstancia especial… y se valora aquello.

Hoy se cierra un capítulo, duro pero necesario. Cuando empecé a hablar luego de la misa del sepelio de mi madre, no estaba seguro de qué decir; tanto más, cuando necesariamente se vincula también con el fallecimiento de mi padre hace dos meses; lo que dije en ese entonces, se quedó corto –estoy claro en eso–, y tampoco iba a decir lo mismo, a pesar de que nuevamente me quedé corto –también eso está claro–. Ahora puedo condensar algunas ideas que quedaron en ambos días (ya de manera más consciente). Tenía –como de hecho les dije– unas cuantas ideas base, que ahora descubro que las dejé de lado y me orienté hacia algo diferente, más espontáneo, aunque desorganizado, y lastimosamente sin un cierre –que ahora me brinda esta posibilidad–.

La primera idea –que sí recogí–, es que, de manera inevitable, como un atardecer, como la caída del sol, se acercaba el final de la vida de mi madre. Podíamos prepararnos, aunque no sabemos cómo hacerlo, y de todas formas llega el momento y debemos afrontarlo. Luego, había una idea que no la expresé, pero ahora puedo transmitirla con cierto coraje y humildad, como una súplica al creador: ninguna persona debería agonizar. Una aspiración difícil, que no pretende revelarse contra la voluntad de Dios, a quien rezamos que sea la suya y no la nuestra. Pero como pedido, es válido.

Volqué el enfoque hacia una segunda idea que sí estuvo en mi intención: agradecer a quienes nos acompañaron y a quienes de diferentes maneras nos manifestaron su solidaridad. Idea que estaba unida a que somos la suma de innumerables partículas, desde la biología que determina que somos producto de una parte de padre y madre, transmitiéndonos virtudes y defectos, que los agradecemos también. Precisamente tenía delante la rosa que el sacerdote utilizó para esparcir el agua bendita; era una rosa blanca que estuvo en el altar desde antes de iniciarse la ceremonia, que se conforma con una multiplicidad de pétalos mantenidos densamente concentrados en torno a un núcleo.

Se añade que, cada uno de quienes nos acompañaron, forman parte de nosotros; nos brindan algo de sí y nos alimentan. Principio filosófico que, si me permiten el atrevimiento, ya ensayé hace muchos años en un breve cuento que había titulado “esencia”, según el cual, nos alimentamos de todos aquellos con quienes interactuamos de manera trascendente, con quienes hemos compartido una manzana (simbólica o materialmente); o, parafraseando la canción de Lennon & McCartney, hay lugares y personas que todavía puedo recordar, que en mi vida he amado (ver In my life).

Cuando nos separamos del cuerpo físico, el espíritu retorna al universo en partículas que igualmente se congregan en el infinito, en una dimensión que nos resulta difícil de comprender porque está más allá de lo físico.

Mi madre tuvo algunos aspectos que la marcaron definitivamente. Uno de ellos fue su familia y, sobre todo, haber sido hija de un artista, lo cual también ha determinado nuestra sensibilidad. Así como ella fue siempre sensible a la belleza de un atardecer, de un paisaje, de las plantas y los animales. Siempre le gustaron las flores y particularmente las rosas; y, además, las rosas blancas con especial preferencia. Cabe acotar –para comprensión del lector y nota informativa para quienes no lo sabían–, siempre ofrendaba flores blancas en la tumba de su hija fallecida. Si bien he venido fotografiando flores desde tiempo atrás, por el mero gusto de admirarlas, estoy seguro que en adelante notaré la presencia del espíritu de mi madre en muchas de ellas.

Antes, la enfermedad y muerte de su padre –mi abuelo–, sin duda la marcó en relieve. Más tarde, otro hito que la marcó fue el fallecimiento de mi hermana Susy; hecho que, sin duda, también nos afectó a todos de diversas maneras. Y, lo dije, para mí significó perder también a mi madre en cierta medida, porque conservó perpetuamente un luto, que para nosotros era difícil de asimilar. Como dijo el sacerdote en la ceremonia, en realidad con la muerte de quienes amamos, se va también una parte de nosotros; en ese caso, en adición a mi hermana, también se fue una parte de mi madre. Esas partículas irremplazables que han formado también lo que somos.

Ya en estas semanas recientes se hizo evidente, para nosotros, que la muerte de mi padre también la marcaron; tanto, que varias veces me repetía: se fue mi vida, a quien más quería. Le fue muy difícil aceptarlo. Personalmente, guardo la hipótesis de que mi padre se adelantó a preparar el camino, la esperaba y la vino a llamar pronto; más allá de lo previsible del final.

Dejé de lado dos ideas, que en ese momento se me ocultaron de la retina. Hay una visión que yo considero pesimista, respecto a que el día que nacemos, en realidad inicia nuestro camino a la muerte. Así como hay quienes dicen que el cumpleaños no es un año más de vida, sino un año menos de los que nos quedan por vivir. La verdad es que ambas cosas guardan algo inobjetable.

La otra idea surge de una frase que recuerdo de una película: mucha gente muere sin saber si en realidad ha vivido (de hecho no sé a quién se la atribuye). En el caso de mi madre, ella supo que vivió y, lastimosamente, también lo conoció en función de sufrimientos; pero sería totalmente injusto definirla solo desde ese enfoque. Sabemos, eso sí, que el paso de la vida a la eternidad significó también el terminar con su dolor, malestares y sufrimiento; ahora descansa y todo aquello ya no está más.

No obstante, el día de ayer me permitió procesar varios comentarios respecto de la lucha de mi madre, que por muchos años se enfocó en la mala práctica médica y los derechos de los pacientes; me sentí orgulloso de saber que algunas personas guardan el recuerdo de una mujer valiente, luchadora, persistente, que en esa parte dejó también una marca.

Al final, el sacerdote tomó la rosa blanca que estaba cerrada y, luego de bendecir el agua, con ella la esparció sobre el féretro –como es la costumbre católica–. Fue inevitable percatarnos, y el Padre sorprendido también se fijó, cómo esa rosa ya no estaba igual, sus pétalos se abrieron y formaban un conjunto de otra dimensión, mostrando a plenitud una rosa que se abrió hermosamente. Gracias, madre mía, porque tu espíritu se manifestó para nosotros de esa manera tan especial.

 Omar Albán Cornejo

01/08/2023

sábado, 9 de marzo de 2019

ESTO NO ES APOLOGIA


Vivimos en un mundo muy competitivo. Quizá demasiado. Tal vez por eso creemos que era lo mejor tener Contralor 100 puntos …y ya ven (guiño). Si hay exámenes rigurosos para los postulantes a determinadas dignidades, parece que nos decepciona que sus calificaciones no sean perfectas, y creemos que a lo mejor hay otros que podrían ser superiores (pero no sabemos dónde están, o de pronto buscaríamos la raza superior), o que alguien se “quedaría de año” –como veía en Twitter–, o conflictúa que alguien se beneficie de un punto extra por acción afirmativa. Pero no es de eso de lo que voy a hablar, solo que la coyuntura nos da pautas.


Relaciono apología con el concepto jurídico. En mis palabras lo describo como predicar en positivo de algo que está proscrito, o que parece estarlo (por hoy, disculpen los más académicos). No se puede festejar un delito, ni promoverlo. Estoy de acuerdo, y por eso advierto: esto no es apología. 


Vengo con este tema en mente desde hace meses. Me impresionó lo que compartió en una red social un buen amigo. Se trataba de varias imágenes con comentarios orientados a derribar determinados paradigmas o desmentir dichos, como “lo que fácil llega, fácil se va”; y así, hablaba de los recientes millonarios del mundo, que habían obtenido su fortuna en diez años o menos (cuando antes podía tomar 20 o 30 años). No me pareció una lección óptima para los niños. La que más me afectó fue respecto de la conocida frase: “lo importante no es ganar, sino competir”; el comentario textualmente decía (solo omito alguna oración para no extenderlo demasiado):


“Esta frase sólo posiciona en la mente de los niños que no es importante ganar, siendo que lo es todo. Hacemos esto para bajarles la frustración, pero les activamos la mediocridad. (…) La vida no es para los participantes, sino para los ganadores.”


No me imagino enseñando a mis hijos que ganar lo es todo. Después degeneraría en: “hay que ganar a como de lugar”, y quién sabe en qué más. O, los que pierden no merecen vivir (como los gladiadores). ¡Tremendo!


Las estructuras mentales están orientadas, cada vez con mayor ímpetu, a generar sujetos excesivamente competitivos; luego, irrespetuosos, arrogantes, poco humildes, nada solidarios. El éxito es prevalecer por sobre el otro; lastimosamente a veces pisoteando a los demás, o denigrando. Y lo peor, cuando la política nos presenta escenas condenables como: quítate tú para ponerme yo.


Piensen en el siguiente ejemplo: en las carreteras o hasta en las calles de nuestras ciudades, hay individuos que no pueden estar atrás (no importa si hay autos en fila, si se aproximan a una curva, etc.). Personas que se creen con derecho a que el de adelante les abra paso (solo porque ellos están ahí y “hacen luces”), o que tienen la prerrogativa de exigir que el otro contravenga el límite de velocidad que ellos sí están dispuestos a hacerlo, y parece que lo otro es de pendejos (alguien puede decidir –a su riesgo–  infringir una norma, pero no puede obligar a que otro lo haga); o muestran su irrespeto para los demás que sí hacen fila junto al parterre para girar, cuando pasan por el costado y se creen con derecho de pasar por delante de los demás en doble fila. A veces, ir detrás también es una muestra de respeto. Ganar, no lo es todo.


Paradójicamente, los entrenadores, instructores y guías (coach en el lenguaje del milenio), insisten en el trabajo en equipo. Mas, puede ocurrir que el equipo empieza a deslucir cuando alguien quiere sobresalir o prevalecer, o cuando sólo se fincan esperanzas en la figura; o porque todo el mundo quiere ser el número uno. Hasta el último mundial de fútbol nos dejaba una lección entre líneas: quizá ya no es tiempo de las estrellas o individualismos (por allí se quedaron los equipos de Leo Messi, Cristiano Ronaldo, Neymar).


No obstante, hay que rescatar un concepto que parece inmutable, se requiere liderzago. Hay diferentes tipos de liderazgo, se habla de uno colectivo y también se habla del liderazgo negativo. Es muy interesante. Pero, ¿liderazgo sólo se encuentra en el primero, en el más exitoso, en el que está delante, en “el más vivo”? En ese punto vienen a mi mente las imágenes de una competencia atlética, en la que un individuo (no recuerdo si era chica) se detiene para apoyar al competidor caído o que no podía más, y llegaron juntos(as). ¡Carajo, esa debería ser la verdadera lección que enseñen en toda escuela!


Hoy les invito a pensar que en cada competencia deportiva solo hay un campeón (por excepción hay empate, pero la medalla olímpica, por ejemplo, la obtiene uno(a) y son muchos los que compiten; hay cientos de grandes atletas de supremo mérito que han dado lo mejor de sí, y sin duda lo han demostrado para llegar a un evento de ese tipo. Pocos cientos tienen ese privilegio. Y decir “cientos”, en un mundo de miles de millones de individuos, es decir muy pocos.


La Biblia en algunos pasajes se refiere a los primogénitos (solo es un dato, tampoco lo vamos a convertir en un tema religioso). Sin embargo, reflexionemos que en cada familia solo hay un primogénito. En las charlas de motivación, por su parte, se citan casi por cliché más o menos los mismos ejemplos: que Stephen Hawking, Steve Jobs, Alberto Einstein, Teresa de Calcuta, Gandhi. Pensemos en Ecuador, ¿cuántos Luis Noboa Naranjo han existido? ¿Cuántos Jefferson Pérez? Evidentemente que uno solo. Varios de ellos son ejemplos de personas que padecieron dificultades y se superaron, llegaron a ser los mejores en su campo; pero pocas veces nos dicen: fueron únicos. Recuerden: en cada innovación, existe un solo pionero. ¿Eso significa que los demás son perdedores? No, definitivamente NO.


El tema, entonces, es que no todo sujeto puede ser Steve Jobs o Jefferson Pérez. Diferente es que haya un potencial o virtualidad hipotética, que llegará a verificarse en uno por cada X millones. El discurso, por tanto, debería enfocarse en el esfuerzo, en la superación y no en la obsesión del ejemplo único, que de hecho es excepcional.


Luego, el afán pernicioso de querer ser el mejor, el primero, puede ser lo que provoque frustración, sobre todo a los niños o jóvenes en formación. Un gran atleta puede vivir toda su vida obteniendo el segundo lugar en competencias de élite. ¿Es que aquello es malo? ¡De ninguna manera! Son tan buenos y exitosos como los primeros.

Tampoco vamos a festejar como campeón al que llegó tercero entre tres. Después todos quieren ser candidato a Alcalde (guiño).


Parece, entonces, que el mundo califica de perdedores a todos los que no sean la excepción. Eso resulta absurdo. Todos quieren ser jefes y nadie quiere ser subalterno. Pero ¿el mundo puede vivir sin subalternos? Desde luego que no. Deben educarnos para aceptar las alternativas, para que se formen con excelencia también los subalternos. Muchas grandes figuras de la historia se formaron como segundos, y solo eso les permitió, en determinadas circunstancias, llegar a ser primeros.


Para que haya un primero, debe haber un segundo. ¿Se imaginarían la música si solo se reconociera a los Beatles y no a los Rolling Stones? (guiño, no se enojarán).


Me parece de lo más injusto que se diga que el segundo es el primer perdedor. A ese nivel llega el discurso competitivo y puede generar más frustración que mérito.


Como somos duales, tampoco vamos a justificar los desvíos, pues en el discurso decimos a los niños que lo importante es participar, pero luego están los papás peleando en la escuela por la décima de punto que su hijo(a) “merecía” y lo colocaría encima del otro, y en ese contexto, a veces resulta perdedor el niño cuyos padres no hicieron lobby. ¿Así enseñamos justicia, equidad?


En un ambiente de aberración, ya no nos sorprende saber de funcionarios públicos, de elección popular o no, que apuran sus articulaciones para obtener desmesurados beneficios, haya o no mérito de por medio en la gestión, y quizá con el errado concepto de que la primera señal de éxito es ser millonario, y en la práctica con ese criterio de que ganar lo es todo.


Reivindico a los segundos, al pelotón, al equipo, a los honestos, a los que trabajan toda su vida y no tienen como único objetivo ponerse por encima de los demás, o ser millonarios y mientras más pronto, mejor. 

Omar Albán Cornejo

viernes, 8 de diciembre de 2017

1967, EL AÑO DE LAS LUCES EN LA MUSICA

Hace 50 años transcurría 1967, un año relevante para la historia de la música …¡y de la humanidad! Que se abrió paso entre el “verano del amor”, los hippies, la psicodelia, antecedió a los movimientos de Mayo del 68 (no solo en Francia, sino varios otros países), apuntaló la revolución sexual, y vio la temible irrupción de las drogas. Muchos aspectos interconectados. Incluso es difícil imaginar el icónico Woodstock (1969), sin entender lo que pasó en los años precedentes, y quienes izaron la bandera.

A decir de un documental que transmitió la televisión local hace años –que para entonces lo pude grabar casi completo en el VHS de la casa de mis padres–, habían transcurrido algunos meses sin que los Beatles publicaran un nuevo disco y al menos en Inglaterra el comentario había sido que estaban acabados, que su creatividad se había “secado”. Pero cuando se lanzó Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el mundo contempló absorto lo que para muchos ha sido uno de los mejores álbumes musicales de la historia (la revista especializada Rolling Stone, por ejemplo); para cuando yo vi ese documental, se hablaba de los 25 años del disco y se lo había calificado como el mejor de los últimos 25 años (en aquella época, insisto). Demás está decir, por ejemplo, que su portada es un ícono gráfico identificado por individuos de todo el planeta (tal vez al mismo nivel de la otra famosa portada, la de Abbey Road, que vendría unos años después); y, entre otras cosas, despertaba la leyenda del Paul muerto y reemplazado.

A riesgo de ser criticado por mis correligionarios, y sin quitar mérito al concepto absolutamente innovador de Sgt. Pepper’s –en el que encontramos temas fabulosos: además de la propia canción del título (Sgt. Pepper's), When I'm 64She’s leaving home, Getting better, Whitin you without you, Lucy in the Sky with Diamonds, y la extraordinaria A day in the life–, para mí las mejores son las que dejaron fuera del álbum: Strawberry fields forever y Penny Lane (que posteriormente serían incorporadas al álbum Magical Mystery Tour, en el propio 1967).

Pero ¿cómo es que se encendieron las luces de ese año brillante? De nuevo posiblemente no coincido con la tendencia generalizada al sostener lo que sigue:

Yo considero que el esplendor de los Beatles no se produjo en 1967, sino el año anterior, esto es, entre 1965 y 1966, pues preparó con abundante abono ese campo fértil que durante varios meses mostraría aún grandes frutos. Luego de un destacado álbum como Help! (de la mano con la película del mismo nombre), en el propio año 1965 se produjo el lanzamiento del extraordinario Rubber Soul, que marca un quiebre evidente en la trayectoria del grupo, a pesar de mantener su versatilidad característica de componer y producir un set completo de canciones, de alta calidad y en poco tiempo, para atender la demanda del público según Wikipedia, se grabó en solo cuatro semanas–. Ese disco fue seguido por otra joya, a veces incomprendida, como es Revolver (1966).

Comparto el testimonio de George Harrison recogido en el documental Antología, en el sentido de que aquellos álbumes podrían considerarse una primera y segunda parte de un mismo concepto musical, es decir, que pudo haber sido un álbum doble antes del mítico Álbum Blanco[edición reciente, revisado el documental, noté que no fue Ringo -como puse inicialmente-, sino George].

El entorno en el que se realizaron estos álbumes nos ubica en una realidad global, es decir, ya no es el grupo de éxito local en el Reino Unido o solo en Europa, y además incorpora composiciones del agrado de públicos muy diversos (entre otras cosas, dejó de ser el grupo predilecto solo de las adolescentes), trasluce el acercamiento del grupo hacia filosofías orientales, de por medio estuvo el fallecimiento de su Manager, Brian Epstein, la mayor participación de George Harrison en la autoría de valiosos aportes, así como en la introducción de instrumentos adicionales, y sobre todo una mayor madurez artística en todos los integrantes.

En cuanto a la composición, en mi concepto se nota un cambio en la forma de colaboración de los dos principales autores, Lennon y McCartney. Paulatinamente entrarían en una competencia que, según el propio Paul, fue el mejor estímulo para que lleguen a creaciones fabulosas; aunque, en sentido contrario, se empieza a notar cuando un tema es creación mayoritaria de uno de ellos (sin embargo, los términos de su sociedad obligaban a que las creaciones llevaran la firma Lennon & McCartney –obviamente dejando de lado las creaciones propias de George y de Ringo-). A decir de los entendidos, una de las características de aquellos dos discos, Rubber Soul y Revolver, además de la evidente incidencia de la psicodelia, es un giro de fondo, pues si bien no pierden jamás el romanticismo, y el amor como eje de su lírica, se evidencia una profundidad mayor en los contenidos, temas introspectivos y de reflexión colectiva, añadido a un espíritu experimental que caracteriza la segunda etapa de su discografía.

En ese contexto, los discos en referencia profundizan grandes contrastes, pues incluyen baladas de exquisita melodía, en el primero: Norwegian Wood, Michelle, Girl, In my life, If I needed someone; mientras que en el segundo tenemos: Here, There and Everywhere, For No One, y una pieza con prevalencia evidente de músicos de cámara como Eleanor Rigby (que marca otra diferencia con la instrumentación típica del grupo, con la excepción anterior de Yesterday, que si bien incluía complementos de violín, mostraba prácticamente solo a Paul y su guitarra). De otro lado, tenemos piezas de fuerte impacto y sonido experimental, como She said she said, Taxman, Love you to (gran pieza indú de George), Got to get you into my life, And your bird can sing (de Revolver), Drive my car, Nowhere man, You won't see me, I’m looking through you y la enigmática The Word (de Rubber Soul).

Como queda en evidencia, aquellos dos álbumes reúnen un peso musical incomparable (incluso por sobre los cortes de Sgt. Pepper’s), con una colección de grades piezas musicales, melódicas, románticas, pero también experimentales y de un nuevo rock que abriría paso a uno más heavy, que el propio grupo inauguraría durante 1967, cuando se incubaron piezas de mayor fuerza que luego formarían parte del Album Blanco (1968), así como otras quedarían para Abbey Road y Let it be (se sabe que varios temas de esos tres álbumes fueron creados desde 1966 en adelante, pero no se grabaron de inmediato).

De manera que, si bien el público venía acostumbrado a un ritmo vertiginoso del lanzamiento de un álbum tras otro (siempre en la cima), además de películas y los primeros videos musicales de la historia, así como grandes conciertos (véase en particular el del Shea Stadium), de pronto experimentó la decisión de cesar las giras musicales y conciertos, la concentración del grupo en el trabajo de estudio y para el público un compás de espera de varios meses hasta que salió a luz ese majestuoso disco Sgt. Pepper’s.

Se encendió, pues, la luz que marcaría el camino para otros grupos que luego se animarían a proponer diversos conceptos, a un público que había probado un primer bocado (no cualquier bocado, claro), y estaba hambriento por tener nuevos sabores y texturas, pero ya con una mentalidad más abierta, que solamente aquella época de amor, psicodelia, hippies y luces, vio surgir.

Omar Albán Cornejo

viernes, 11 de agosto de 2017

FOTOGRAFIA Y CONCLUSIONES

Esa gran obra de José Saramago empieza por la descripción de un cuadro o un grabado. Una obra de arte, sin duda. Él describe con detalle las personas que presencian, con sus diferentes posturas, actitudes y posibles pensamientos, al hombre elevado en la cruz y el escenario donde están. Desde luego hay una carga importante de subjetividad y especulación que conducen al autor –sin arruinar la historia a quienes no la han leído–, a concluir que una de ellas era María Magdalena. No obstante, lo que deseo resaltar es que el novelista profundiza en un análisis situacional y llega hasta la psiquis de los individuos.

Lo que ha ocurrido en los últimos diez años ha terminado por desprestigiar hasta el tuétano al socialismo. Afortunadamente hay voces calificadas que han desmentido esta pretendida ideología del siglo XXI, catalogándola más bien como un mero populismo. Yo he bromeado con amigos, citando a Charly García: “si ellos son la patria, yo soy extranjero!” (como dice la canción Botas Locas de Sui Generis - https://www.youtube.com/watch?v=C3SFDiYv9IE). Quizá no es broma.

Lo he pensado varias veces: que nosotros hayamos elegido un gobernante en particular, no fue culpa de Fidel. ¡Por Dios! Lastimosamente siempre tendemos a encontrar en otros las culpas y estigmatizar aquello que aborrecemos.

A diferencia de este relato, en el Evangelio según Jesucristo Saramago tiene delante una escena probablemente ficticia, quizá imaginada por un artista que vivió mucho después de los acontecimientos representados en su pintura. Yo me refiero, en cambio, a una fotografía que ha circulado alegremente en las redes, con un breve texto al pie que invita a pensar en esa imagen cuando un “comunista” te hable de derechos humanos. Además, antepone el calificativo “miserable” a la palabra comunista y utiliza ésta como un insulto. Esas son cosas de nuestra idiosincrasia, pues ahora no solo que sería malo sino peligroso que a alguien se le ocurriese defender los derechos humanos, pues bien podrían aplicarle ambos vocablos y el estigma consiguiente; y es bien sabido que en otras épocas ha sido igualmente peligroso, bajo la mirada aterradora de un poder abusivo e intolerante. Del pasado reciente, para no ir muy lejos, a un amigo de la Universidad –apreciado por mí–, el entonces Jefe de Estado no tuvo ningún empacho en dedicarle unos minutos de su alocución del fin de semana.

Debo advertir que en este espacio no justifico ningún crimen. Lo dejo enérgicamente sentado; y tampoco haré apología de trafasías de un bando o de otro. Se trata, exclusivamente, de un ejercicio de interpretar correctamente lo que vemos.

En la fotografía de marras, probablemente real –por eso decía, a diferencia del cuadro que inspiró a Saramago–, se observan cuatro personas; todos varones. Varios árboles y matorrales alrededor, es todo el escenario que se nos presenta. El editor de la fotografía –desconocido al momento–, ha incorporado flechas y nombres para identificar a los supuestos personajes. Me permito la referencia a “supuestos”, pues de al menos dos de ellos hay lugar para la duda. Todos los hombres visten pantalón y camisa, al parecer de tela gruesa; sí, probablemente trajes de campaña que coincidirían con los usados en el proceso revolucionario de Cuba antes de 1960.

Casualmente la vestimenta del primero y del tercero –contados desde la izquierda–, parecen de un color menos intenso que de los otros dos, o quizá recibieron un impacto diferente de luz en la fotografía que se nos presenta en blanco y negro. Tres de ellos llevan una gorra similar en sus cabezas, no así el primero, que aparece prácticamente de espaldas a la cámara. El tercer hombre tiene los brazos atrás, aparentemente atado al tronco de un árbol, que el cuarto manipula; y lleva algo que podría ser un pañuelo en su rostro, justo debajo de la gorra y hasta la barbilla, que el segundo de los individuos observa con atención y parece manipular (se observa lo que parece movimiento de su brazo derecho).

Ahora bien, deliberadamente he dejado hasta este punto tres aspectos cruciales: 1. El título de la imagen dice: “fotografía de un cobarde asesinato de un pobre campesino cubano”; todo escrito en mayúsculas. 2. Los nombres que se ha colocado con flechas a tres de los individuos, de izquierda a derecha, son:  primero Che Guevara, segundo Raúl Castro y cuatro Fidel Castro. 3. Además de señalarlo como Che Guevara, se predica del primer hombre que se alista para asesinar.

El tema, entonces, es que al parecer el editor de la fotografía ha pretendido calificar de “miserables comunistas” a los individuos en referencia, pero al colocar las palabras de manera inadecuada, en realidad el texto califica así a quienes defiendan los derechos humanos; lo cual es absolutamente injusto, desde luego. Y señala como asesinos a los aludidos personajes trascendentales de la revolución cubana (no se trata de discutir aquí si en algún momento ellos cometieron o no un asesinato). Esa relevancia no tiene que ver con la posición política o ideológica de quien escribe o quien lee esto, sino de la intervención de ellos en un capítulo histórico objetivamente relevante en la segunda mitad del siglo XX.

Luego, da por hecho y lo resalta con el título en mayúsculas, que la imagen muestra un cobarde asesinato. Pero no es cualquier asesinato, sino que el editor de la fotografía lo hace aparecer condenable, porque supuestamente se trataría de un “pobre campesino cubano”. Pues bien, tal y como quedó indicado, el tercer individuo no tiene la apariencia de “un pobre campesino”, ya que su vestimenta es del mismo tipo de la que tienen los otros hombres, esto es, algo parecido a un uniforme de campaña, y se confirma cuando vemos la gorra que lleva puesta, que claramente no es la que tendría un trabajador del campo de esa época.

En cuanto al primer individuo desde la izquierda, se nota que tiene barba (igual que el cuarto, que efectivamente parece Fidel). Aquí debemos reparar en que muchos de quienes intervinieron en la revolución cubana se dejaban la barba (los barbudos); aquello se debe básicamente a las condiciones en las que debían subsistir. Esto es importante porque al verlo de espaldas, difícilmente podría asegurarse que se trata del Che, ya que la barba no sería suficiente evidencia, pues bien podría ser cualquier otro combatiente. No hay insignias u otros indicativos que puedan guiarnos sobre la identidad del sujeto.

Luego, controvierto la imagen porque en lo medular se orienta a señalar que mientras Fidel le ata las manos y Raúl le venda los ojos, el Che se prepara para asesinarlo –de un disparo, debemos suponer–. Pero un observador medianamente diligente, notará que no hay arma alguna, como tampoco posición de disparo o distancia de fusilamiento. Como ya quedó mencionado, tampoco hay elementos para pensar que la “víctima” sería un pobre campesino.

Más allá del conocimiento básico de la historia, un lector medianamente informado debe saber que los combatientes cubanos se enfrentaron a una sangrienta dictadura, que no guardó ningún tipo de clemencia para los revolucionarios apresados y, peor aún, muchas veces torturados, cuando no ajusticiados, desde el primer episodio del Cuartel Moncada, hasta los combates más violentos. En contraste, los rebeldes se empeñaron por combatir con humanismo y respetar a sus contendores; al menos así lo han expuesto los que resultaron triunfadores. En todo caso, aún cuando no creamos esa versión, hemos de recordar que la revolución cubana supuso una guerra y en ella son inevitables los episodios cruentos, como podríamos predicar de todos los ejércitos involucrados en la Segunda Guerra Mundial, y lo acabo de leer respecto de documentos que revelarían órdenes de Bolívar de terminar con dos mil españoles (https://eldiariodelamarina.com/un-asesino-llamado-simon-bolivar/). No lo afirmo, por favor, lo cito para revisión del lector.

Voy a ser un poco osado y me tomo una licencia poética para proponerles como hipótesis que en realidad esa imagen muestra el momento en que Fidel Castro y otros de sus compañeros rescataban a un combatiente preso por el ejército de Batista; Fidel desata la cuerda de las manos, mientras Raúl retira la venda que cubre sus ojos; un tercer combatiente lo observa apenas a un paso de distancia para ayudarlo en ese momento del rescate.

Todo esto me conduce a pensar en la justicia y la injusticia. Resulta particularmente delicado cómo un juzgador debe ser cuidadoso al percibir la evidencia que tiene delante y los elementos que pueden contextualizar la situación, más allá de membretes o estigmas.

Quiero, también, llamarles a reflexionar que repetimos acerca de no creer todo lo que se publica en Internet o circula por WhatsApp, así como seguro recomendamos a nuestros hijos ser cuidadosos al respecto; pero, de repente, se nos presenta una imagen como aquella que describo y no cuestionamos que realmente sea el momento preciso en que un pobre campesino era asesinado ni más ni menos que por manos del Che Guevara. Pues bien, en las líneas anteriores les dejo algunos elementos para dudarlo.

Por último, tampoco se debe juzgar todo lo que supone un individuo por lo que creemos percibir en una imagen. No necesitamos ser Saramago para hacernos toda una novela, ¿cierto? Haciendo una analogía, entonces, diremos al editor de la fotografía –o a todo aquél que sigue haciéndola circular–, que cuando predique de lo maravillosa que es su madre, le mostraremos la fotografía del instante en que lo castigó.

Omar Albán Cornejo